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Sobremesa futbológica

 

 

  • La violencia del nogol: ¿negocio de la fifa?

Por: Alfredo Hidalgo

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    Después de haber presenciado la Eurocopa 2008 en Suiza-Austria, viene la reflexión sobre los sucesos de violencia inherentes antes y durante la mayoría de los cotejos, ya sean alemanes contra españoles, rusos contra holandeses o italianos contra franceses, tanto afuera de los estadios, como dentro de la cancha, y el incremento de las jugadas violentas entre jugadores. Una reflexión que invita a repensar, acerca de la esencia del futbol mismo, la génesis de la violencia que se acrecentó conforme el juego se congeló en su protocolo de 1863, año en que se oficializa la existencia del futbol asociado.

 

    Actualmente son tantos los casos de altercado de agresión, que en realidad ya no son noticia, ya no venden, es decir, ya perdieron raiting y empiezan –desgraciadamente- a formar parte de nuestra cotidianeidad y escenografía social. El futbol ya es violento por antonomasia, y los partidos de gran nivel mundial son sinónimos de multitudes enardecidas, operativos de seguridad al máximo, reglas de juego más estrictas, y réferis más permisivos en las faltas que se cometen. Una vez un árbitro comentaba que si en un partido “normal”, marcara a “rajatabla” todas las infracciones cometidas contra el reglamento de FIFA, entonces el encuentro entre dos equipos terminaría entre porteros. Ante dicha declaración escalofriante, no quedaría más remedio que reinventar un nuevo reglamento, o en su defecto, declarar al futbol como un deporte marcial, como el box, el hockey sobre hielo o la lucha libre, actividades donde también hay un reglamento, pero se permite la producción de moretones, trompones y la consecuente hemorragia. Sin embargo, con el futbol sería el colapso para los grandes mercenarios, capos y mercaderes del negocio porque perdería su punch como el deporte modelo para los niños, como el deporte ejemplar y “limpio”  para las familias, o el deporte “más bonito del mundo”. Por lo tanto, se convertiría intolerable para un hemisferio completo, y un lastre para millones de seguidores, quienes sin duda renunciarían a su afición, como lo han hecho con los deportes violentos que he mencionado.

 

    Los casos de agresiones entre futbolistas cada día son más frecuentes, las patadas que fracturan a sus oponentes, las lesiones, vituperios, ataques y zafarranchos han ido en aumento, pero dicha violencia también se ha transmitido hacia las masivas asistencias a los estadios, cuando, por ejemplo se emite el odio racial desde las tribunas. O también sucede cuando se desbordan las turbamultas, las riñas, e incluso asesinatos entre bandas fanáticas rivales, una inacabable serie de resquemores  viscerales que colorean un partido de futbol.

 

    Sin embargo, a pesar del incremento de muchedumbres desbordadas, de los nuevos índices de aceptación y prácticas a nivel mundial (que por lógica provocan los riesgos en mayor medida), pueden existir algunos ajustes y acciones pragmáticas para disminuir el estado de pasión atrabancada que prevalece en el también llamado “el juego del hombre”. De hecho existe una sencilla y práctica solución, para combatir este desbordamiento de cólera, dentro y fuera de las canchas: La renovación de los reglamentos del futbol en su estructura de juego, del cual en nueva columna hablaré.

 

En los últimos tiempos, es mucha la violencia que se ha percibido dentro y fuera de las canchas de futbol, es innegable que este deporte es el número uno a nivel mundial. También es un hecho que el evento deportivo más preponderante –por encima de los Juegos Olímpicos- es el Mundial de Futbol. Por tanto, la expectación generada, el arrastre de masas, la mercadotecnia inherente, la industria de los clubes profesionales, la sacralización del juego en algunos países y el fanatismo más desbocado -y en aumento-, hacen que las posibilidades de incidentes nefastos o consecuencias trágicas, sean como el pan de cada día en torno a dicha actividad humana.

 

Quizás la clave no se encuentre fuera de los estadios, ni desplegando operativos “antihooligans” para apaciguar los choques de bandas, porristas, hinchas o como se le llame en cada nación, a los seguidores de cuadros protagonistas. La verdad es que los sistemas de seguridad, la vigilancia extrema, la manipulación de horarios, la comercialización descerebrada, el incremento de torneos, o la campaña de la FIFA “Juego limpio”, también conocida como “Fair Play”, de poco o nada han servido para bajarle los calores a esta práctica atlética. A decir verdad, dichos mecanismos más que ser el emoliente, han resultado ser como el combustible para mantener los ánimos caldeados.

 

Y no sólo se ha provocado la degeneración fuera de las canchas o recintos a donde se ejecutan los partidos, tampoco se trata de una agresividad exclusiva de los espectadores y grupos de animación. Los conflictos de afrentas y violencia fortuita también se están produciendo desde los jugadores mismos, ya sean a nivel amateur o profesional, ya sean con encuentros amistosos o de competencia. Lo más seguro, es que todo tenga una relación de origen.

 

    Un origen que jamás se ha tenido la valentía de tocarse, tampoco se ha querido hablar del tema durante más de un siglo, desde que se reglamentó este deporte anquilosado con sus monolíticas normas de juego, se trata precisamente del futbol mismo. La causa misma corrige la consecuencia.

 

Durante la Euro 2008, pudimos notar varios equipos que terminaron sus compromisos en cero, en general apreciamos muy pocos goles, aparte hubo algunos que se postergaron para tiempos extras, y después aparecieron equipos como Turquía ganaban inmerecidamente sus cotejos, dejando a Croacia fuera de la Copa, a pesar de haber realizado un gran torneo, de futbol muy vistoso, pero eso no bastó. Los turcos, con la suerte y de la mano de las reglas de la FIFA, en dos ocasiones triunfaron inmerecidamente. Después, a los otomanos les tocó sortearse contra los teutones y fueron víctimas de sus propias medicinas aplicadas. En tiempos extras Alemania anotó gol de último minuto, quizás sin merecer la victoria, para orillar a dicho seleccionado y jugar contra España la final.

   

En síntesis y como análisis final, este torneo del Viejo Continente, tuvo como característica principal la austeridad de espectáculo futbolístico, pocos goles, mucha rigidez, muchas fricciones de jugadores, nivel de violencia clásico, con  lesionados dentro y fuera de las canchas, fanáticos detenidos, aunque sin llegar a la tragedia. Pero no necesitamos de casos sanguinarios para promover una revolución en las entrañas de este deporte que padece gigantismo a nivel de comercialismo, marketing, usura y lucro mediático, en contraste a su enanismo inherente del reglamento, desde que se formalizaron las mismas hace casi siglo y medio.

 

    Es como si viéramos un cartón fársico de un espectáculo arqueológico, donde el público está emperifollado de tecnología móvil, inalámbrica, celular y electrónica en las tribunas, los periodistas con camarografía de punta  y toda la gente de pantalón largo con sus monitores de alta definición, siendo testigos de las acciones en decenas de ángulos y hasta sonidos sensibles. Todo mundo viendo cómo 22 jugadores primitivamente corren tras un balón, un humilde juez dirige y dos abanderados autómatas “auxilian”, mas una portería escasamente visitada y la misma tónica sobada de buscar un gol, recorriendo los 120 metros de puerta a puerta, como hace 150 años. Literalmente los ojos del mundo entero, viendo cómo jóvenes disputan aburridamente un simple esférico, y en noventa tediosos minutos lo arrojan contra sus metas. Con suerte algún balonazo ingresará hacia alguna portería. ¿Qué hace atractiva una ceremonia antigua, tan litúrgica como una misa, o un mítin oficial, que representa el polo opuesto del también arrasador –con explicación lógica- de multitudes, cine hollywoodense? Pues lo mismo que aquellas dos, religiosidad y postura política, o sea sólo fanatismo.

La única variación en un partido, es que los técnicos ya se memorizaron en automático el librito del catenaccio –la defensiva a ultranza- y por lo tanto, las horadaciones de meta ya representan más actos de gesta heroica, que de simple anotación. Ahora se queman tres veces más calorías que antes, en nuestros días los goleadores son más escasos que en aquellos tiempos, tanto que hasta los festejos se realizan a modos más sofisticados, más ingeniosos, irrisorios, inconcebibles, irritantes y hasta más tumultuarios y exuberantes que en épocas del origen. Claro está, porque es más difícil estrechar las redes con el balón ahora que jamás en la historia.

 

 

    Urge más espectáculo y menos violencia, con el entusiasmo deportivo que fue alguna vez. Hoy la euforia la fabrican sintéticamente con el bombardeo publicitario de las empresas del entretenimiento, sistemas de cable, casas de apuestas, televisoras mercachifles, transacciones infladas, mercados mercenarios de piernas y hasta piratería de talentos en fuerzas básicas. Pero el núcleo del balompié ya perdió totalmente el espíritu, el feeling y la brújula de  un partido honorable de soccer. Renovarse o morir es el proverbio sabio que si no se toma al pie de la letra, la desaparición tendrá cabida, el caos, la anarquía, el colapso, y con ello, la evaporación de lo que un día habría sido el deporte más apasionante, poético, ritual, mágico, misterioso, excitante, gregario, insólito, alardeante, catártico y espiritual del universo. De hecho hoy en día, sólo podríamos decir excitante, aunque no por sí mismo, sino por ser interesante ver como los mass media y demás, manejarán sus intereses pecuniarios para obtener ganancias. Ya nadie pierde, sólo el espectáculo. Los juegos son aburridos, gobierna la escuelita de la marrulla –maña para desesperar al rival- y el morbo de cometer menos errores, para no recibir gol. Por lo regular un equipo anota y después se repliega hacia atrás. Ya es difícil encontrar otra estrategia que no se reduzca a ello, inclusive los equipos se dirigen solos. Los mismos elementos se saben la formulita y por inercia juegan en semejante monotonía, por eso el marcador final que se repite más es de 0-0. Es el único deporte del mundo que permite las roscas como efecto final.

 

    Es increíble como no se ha impulsado la solución tan alcance de la mano, como una urgentísima solución al estrés generado por la falta de goles, la ausencia de incrustaciones al arco y la exigua capacidad ofensiva de un equipo. Es como si se tratara de mantener el cero en  un partido, la táctica del nogol, el arte de no ganar, nihilismo puro en el deporte atestado de inconmensurables y hambrientos fans, seguidores fervientes ávidos de espectáculo prolífico. Ahora nos explicamos tanta decepción e impotencia de asistentes a un estadio, el sentimiento de fraude que rodea a las turbamultas que designaron buenas cantidades de sus presupuestos y sacrificios para acudir a un evento de esas magnitudes. Es como volver a la cruda realidad, que siempre resulta frustrante por la esterilización del evento, la vasectomía de su equipo.

 

    ¿Pero cómo llegamos a estirar la liga al máximo? ¿Por qué nos encontramos con la extinción de lo que un día sólo fue pasión, convivio social, contienda deportiva y talento ofensivo en torno a una recreación futbolística? ¿Cómo murió la magia y ahora sólo queda la hechicería de unos mercaderes y publicistas que inventan números astronómicos para tazar clubes, generar negocio, vender farsas, traficar con la pasión de los cautivos, corromper apuestas, comprar árbitros y embrutecer a la Federación Internacional de Futbol Asociado, mejor conocida como la FIFA? ¿Cuál es la pequeñita solución, al alcance de un simple bolígrafo, para reconstruir un evento  dimensional, más que un deporte, tan solemne como una religión y tan visceral como un partido político,  sin afectar a ninguno de los protagonistas interesados?

 

    Todo empezó en Inglaterra, en 1863, cuando se sistematizó este deporte por la Football Association. Es decir, en casi un siglo y medio el también conocido como balompié, soccer o calcio, se ha mantenido prácticamente inalterable en sus basamentos reglamentarios para llevar a cabo su práctica. En el planeta, ¿Cuántos eventos históricos y acontecimientos tecnológicos se han desarrollado, desde entonces a la fecha? ¿Cuántos milagros médicos, cuántos avances industriales, cuántos logros deportivos y cuántos nuevos países han surgido o desaparecido? Desde entonces, el dinamismo del mundo ha empujado a sus habitantes a ser tan diferentes, que no podríamos concebir a la sociedad si alguien pudiera hacernos viajar en el tiempo pasado. En aquella época, los carros eran jalados por caballos, pero hoy en día la energía solar puede impulsar automóviles a gran velocidad.

 

Sin embargo, el futbol todavía vive en semejante era. No ha cambiado, sigue siendo dirigido por un juez autoritario, sigue aceptando el marcador de cero-cero, todavía utiliza 11 jugadores por bando, a veces decide los desempates con penalizaciones de tiro desde los once pasos –que también son como un volado- , utiliza el tiempo corrido sin reponer correctamente los desperdicios deliberados, permite que los roces se toleren más de la cuenta, todavía acepta las entradas de barridas enérgicas –denotan falta de técnica- aunque lesionen al contrario, y un largo etcétera.

 

Todos los elementos primitivos se siguen aplicando para llevar a cabo un encuentro de futbol, y todo es avalado por ese monolito de producir dinero que reúne a más naciones que ningún otro organismo: la FIFA. Esto equivaldría, a que en el box moderno todavía se peleara sin guantes y sin límite de rounds, hasta que el cuerpo aguante y con desenlaces fatídicos, como lo fue en su origen. ¿Quién se podría imaginar semejante espectáculo en nuestros días?

 

Tomando en cuenta que existe mucha frustración natural cuando un evento está aburrido, que no es motivador, ni tiene espectacularidad, el futbol ocasiona lo mismo cuando los equipos no anotan, ni cumplen con el objetivo principal de un encuentro. Por ello, mi hipótesis es que la violencia del futbol se podría erradicar con más espectáculo, es decir, con goles. ¿Cómo meter goles sin modificar los reglamentos oficiales?

 

    Actualmente se dice que es más difícil anotar, y que antes se suscitaban las goleadas al por mayor entre dos equipos, eso es verdad, pero ¿por qué no mantener los niveles de espectacularidad? ¿Y cómo se lograría esto? Modificando las reglas. De acuerdo con la dinámica, la tecnología, la psicología moderna, los recursos nuevos de la ciencia, los avances de la medicina y la experiencia adquirida a través de los siglos, el futbol necesita acompañar la evolución de la calidad de vida. Es como si un niño en su desarrollo anatómico, no creciera de uno de sus órganos, provocando la atrofia general en su cuerpo. Eso sucede con el balompié y su putrefacción cuando las pasiones superan su pírrica espectacularidad.

 

Pareciera faraónico realizar tantos cambios y modificaciones para inyectar vistosidad en un encuentro, sin embargo no lo es. Sólo bastaría hacer que dos equipos contendientes lograran consumar el punto clímax de un partido, es decir que anotaran más goles, así permitirían una mejorada dosis de adrenalina en los futbolistas y una necesaria liberación catártica en el espectador. Se generaría el relajamiento colectivo, se desahogaría la histeria de las masas, y por ende se erradicaría la idea de ser perdedor. Todo es psicología, pero la motivación es lo que la produce.

 

El hecho de anotar goles, puntos o tantos a favor, siempre impone la sensación de victoria, y hacerlos con frecuencia, la idea de ser un ganador. Entonces luego, cambiar un reglamento rudimentario y viejo para adaptarlo a nuestros tiempos, simple y sencillamente podría ser  la solución para proscribir de una vez por todas, la violencia dentro y fuera de los estadios.

   

    Pero, ¿Cómo hacer que se anoten más goles, si después de siglo y medio, las estrategias, tácticas y métodos de juego han sido agotados?  Cambiando el sistema de juego, porque se han agotado los parches para no modificar, los métodos usados para dejar las cosas como están, y las artimañas de la FIFA, para monopolizar, acaparar y sostener reglamentos para involucionar, mientras los demás deportes modifican sus reglas y estatutos conforme la tecnología, la demografía, la calidad de vida, las marcas olímpicas y los acontecimientos sociales se hallan sopleteando su efervescencia, para el bienestar masificado. Por lo regular un deporte se adapta a las circunstancias, características e idiosincrasias determinadas, para ser ejecutado de la manera más óptima, sana y espectacular en su momento.

 

    En el caso del futbol, la táctica del nogol es la premisa que parece tener la ventaja absoluta del asunto, pues mientras no se reconozca una problemática lacerante que opaca y presenta síntomas decadentes de extinción, los responsables de dicha actividad no hacen más que convertirse en los verdaderos apólogos de la violencia del nogol, como si se aferrasen a su naturaleza per se, asunto que concluye develando la turbiedad de los negocios de la multinacional más ubicua de la Tierra: la FIFA.

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