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UN RÉGIMEN FALLIDO.

Por: Alberto Vieyra Gómez//Periodista//Analista//Columnista de AMN.

Enrique Peña Nieto pasará a la historia como uno de los peores presidentes de México. El balance de ese régimen fallido lo pone como al cohetero de mi pueblo: “Quedo mal con todo mundo, menos con López Obrador”.

nietoA vuelo de pájaro echémosle juntos un vistazo a ese régimen fallido.

Los dos primeros años de la administración Peñista fueron excelentes. Hasta parecía un presidente reformista y un estadista que buscaba privilegiar el Mercado Interno y acabar con los monopolios, creando otros monopolios como fue el caso de las telecomunicaciones. Los buitres del petróleo, principalmente norteamericanos estaban felices pues después de un siglo lograban que Peña Nieto les abriera el zaguán apoderándose de los veneros del diablo.

Pronto, su régimen sufriría un hachazo en la columna vertebral que no le permitió levantarse jamás: La corrupción desde la mismísima Institución Presidencial que salpicaba a su familia con la Casa Blanca de las Lomas y mucho jacalitos de la Gaviota y sus colaboradores más cercanos y sin faltar el crimen de Estado contra los Normalistas de Ayotzinapa.

Sus enemigos de las cúpulas empresariales de las telecomunicaciones como Ricardo Salinas Pliego y Carlos Slim, principales afectados con la Reforma a la Ley de Telecomunicaciones le enderezarían una rabiosa campaña dentro y fuera de México para exhibirlo como un régimen corrupto y violador de los Derechos Humanos.

Casi olvidado y convaleciente de una operación del corazón, un personaje llamado Andrés Manuel López Obrador pululaba por todo México prácticamente sin rumbo y utilizaría los hierros de Peña Nieto como un arma letal contra la que él llama “la mafia del poder”.

Ocurrió entonces un hecho insólito: Peña Nieto paralítico por la paliza que le propinaban los poderes fácticos, comenzaría a pavimentarle a López Obrador el camino hacía Palacio Nacional. De hecho, hay quienes juran y perjuran que en las catacumbas del poder se reunieron ambos personajes, a los que se agregó otro siniestro personaje llamado Carlos Salinas de Gortari y junto con algunas oligarquías poderosas del dinero llevaron a cabo un complot, un acuerdo secreto para que López Obrador, el viejo Priista encabezará un gobierno social-demócrata, fieles a los principios de Plutarco Elías Calles que concibió a un PRI con cuatro facciones políticas entre las cuales se rotaría el poder cada 6 años sin sobresaltos: La facción carrancista, Obregonista, Callista y la facción socialista, que en su momento encabezaron Emilio Portes Gil y Lázaro Cárdenas del Río.

Así se asegura que nació el PRIMOR y con ello se enterraba la era del Prianismo ponzoñoso que durante más de tres décadas entrego las riquezas de México al capitalismo salvaje y llevo a cabo las Reformas más antipopulares, como la Reforma Laboral. El PRI y el PAN habían caído ya, de la gracia del pueblo de México.

Poco le falto a Enrique Peña Nieto para que a López Obrador le pusiera una alfombra persa de color rojo o un tapete de Temoaya, que son los más hermosos del mundo para que logrará convertirse en el presidente número 88 de México.

Fue así como el 2 de julio López Obrador consiguió lo que parecía que jamás conseguiría: La presidencia de la República. Desde las elecciones presidenciales del 2 de julio, Peña Nieto hizo mutis, desapareciendo como presidente de México y dejando que, de facto, López Obrador comenzará a gobernar con carretadas de ocurrencias y tonterías que han hecho suponer a los observadores y analistas políticos que “mal comienza la semana para el que ahorcan en lunes”. Pero esa, es otra historia que mal comienza el próximo sábado primero de diciembre.

Por ahora, Enrique Peña Nieto se va con más pena que gloria.

 

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